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Institución

Primeras letras

“Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y ante el Señor hallaras gracia. Pues grande es el poderío del Señor, y por los humildes es glorificado” Eclesiástico 3. 18-20

A José Julio le falto un hogar, pero creció como en Cuenca solían crecer los niños de ese entonces, con pleno conocimiento de la nada de las cosas temporales y el valor inmenso de las buenas obras para alcanzar nuestro eterno destino.

Una de las principales lacras de la época es la falta de locales escolares adecuados y de maestros idóneos para suministrar las luces del saber. Honorato Vázquez nos cuenta: “era tal la pobreza que los escolares de entonces, apenas tenían para sus caligrafías más que pencos de maguey y plumas de aves para escribir, tinta de hollín y arcilla”.

Wilfrido Loor nos cuenta que el Expósito Julio Matovelle, para el aprendizaje de las primeras letras, antes de los seis años, tuvo un profesor privado y como compañeros a José María Aguirre, N. Ruilova, Modesto Veintimilla y Antonia Veintimilla, esta última, más tarde esposa de Juan Antonio Iñiguez y madre del sacerdote Jesuita Julio Iñiguez Veintimilla.

En la época que Julio María era un niño, contados eran los profesores que se aventuraban a rodearse de niños en funestas aulas. Entre ellos estaba el Seminarista Cuesta.

Cuesta, ingeniábase en enseñar de la mejor manera a su selecta clientela escolar; se había instalado en una de las celdas del antiguo y ruinoso convento de Santo Domingo. En todo caso se siente ampliamente compensado cuando alumnos como Julio María Matovelle impresionan por su aplicación y sin afán de deslumbrar, pero si con una tarea firme y metódica explora en profundidad y es capas de nobles conquistas.

Julio María apenas sabía leer , aprendió a recitar siete piadosas estrofas con su correspondiente avemaría en honor de la Santísima Virgen, en un librillo que por casualidad cayo en sus manos. Cree que esta devoción por decirlo así le vino del Cielo, que nadie le enseño y que una ves aprendida nunca la dejó de rezar. Con el tiempo le añadió el himno del Stabar Mater y otras siete avemarías en honor de la soledad de la Virgen. Pero no contento con eso quiso juntar sus dolores y su soledad a los dolores y soledad de María.

La vida sacramental de este infante estuvo bajo el amparo de la Santísima Virgen María. En el diario espiritual el Padre Julio nos cuenta que el maestro de escuela le enseño entre otras cosas la devoción del Santo Rosario, su infancia transcurrió al amparo de nuestra Señora del Rosario y al calor de esta preciosa devoción.

La primera comunión la hace a la edad de 9 años en el templo de Santo Domingo de la ciudad de Cuenca, ante un altar lateral donde era singularmente venerada Nuestra Señora del Rosario, fue para él una gracia especial hacer su primera comunión en una fiesta del Rosario y ante el altar de esa virgen Soberana.

El Sacramento de la Confirmación lo recibió en el Templo de San Sebastián, siendo niño de cuatro años, lo administró el Gobernador Eclesiástico de la Diócesis, el Canónigo Dr. Dn. Mariano Vintimilla; fue padrino el mismo cura de San Sebastián Dr. Vivar. recibió este sacramento ante el altar e imagen de Nuestra Señora de las Nieves. En la confirmación se le pone el nombre de María, agregandole a los de José Julio dados en el bautismo. Este nombre de María para Julio es el más propio por haber nacido el ocho de septiembre, fiesta de la natividad de la Santísima Virgen y es el nombre que aprecia más y hace de el su Gloria.

Julio María quiere ser todo del Señor y de su Madre del cielo por eso en una tarde hallandose, en el templo del Corazón de Jesús, donde siempre frecuentaba; orando ante la imagen de Nuestra Señora de la Luz, se sintió irresistiblemente movido a consagrarse a la Santísima Virgen. En un arranque de fervor hice a mi dulcicima madre el voto de guardar perpetua virginidad, hasta la muerte. Por el momento no conocía el alcance de este voto, después con más conocimiento sobre el efecto y reflexión transforma este compromiso en voto de perfecta y perpetua castidad.

Por mas inclinado que lo veamos hacia el mundo interior, no lo imaginemos melancólico, sería desmejorar la figura de un santo que por esencia nunca es triste. sin duda que su alegría no era bullanguera o vertida al exterior. Su alegría brotaba del corazón.

En la escuela Matovelle fue modelo de piedad, moral y aplicación. Con imaginación viva memoria fácil, claro talento y mucha aplicación, pronto aprendió a leer y con las crónicas de San francisco y Cornejo, la vida de los Mártires Franciscanos de Marruecos, el niño se inflamó en el deseo del martirio, que a falta de verdugo le llevo a hacer de su vida perpetuo Holocausto.

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Primeras letras

“Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y ante el Señor hallaras gracia. Pues grande es el poderío del Señor, y por los humildes es glorificado” Eclesiástico 3. 18-20

A José Julio le falto un hogar, pero creció como en Cuenca solían crecer los niños de ese entonces, con pleno conocimiento de la nada de las cosas temporales y el valor inmenso de las buenas obras para alcanzar nuestro eterno destino.

Una de las principales lacras de la época es la falta de locales escolares adecuados y de maestros idóneos para suministrar las luces del saber. Honorato Vázquez nos cuenta: “era tal la pobreza que los escolares de entonces, apenas tenían para sus caligrafías más que pencos de maguey y plumas de aves para escribir, tinta de hollín y arcilla”.

Wilfrido Loor nos cuenta que el Expósito Julio Matovelle, para el aprendizaje de las primeras letras, antes de los seis años, tuvo un profesor privado y como compañeros a José María Aguirre, N. Ruilova, Modesto Veintimilla y Antonia Veintimilla, esta última, más tarde esposa de Juan Antonio Iñiguez y madre del sacerdote Jesuita Julio Iñiguez Veintimilla.

En la época que Julio María era un niño, contados eran los profesores que se aventuraban a rodearse de niños en funestas aulas. Entre ellos estaba el Seminarista Cuesta.

Cuesta, ingeniábase en enseñar de la mejor manera a su selecta clientela escolar; se había instalado en una de las celdas del antiguo y ruinoso convento de Santo Domingo. En todo caso se siente ampliamente compensado cuando alumnos como Julio María Matovelle impresionan por su aplicación y sin afán de deslumbrar, pero si con una tarea firme y metódica explora en profundidad y es capas de nobles conquistas.

Julio María apenas sabía leer , aprendió a recitar siete piadosas estrofas con su correspondiente avemaría en honor de la Santísima Virgen, en un librillo que por casualidad cayo en sus manos. Cree que esta devoción por decirlo así le vino del Cielo, que nadie le enseño y que una ves aprendida nunca la dejó de rezar. Con el tiempo le añadió el himno del Stabar Mater y otras siete avemarías en honor de la soledad de la Virgen. Pero no contento con eso quiso juntar sus dolores y su soledad a los dolores y soledad de María.

La vida sacramental de este infante estuvo bajo el amparo de la Santísima Virgen María. En el diario espiritual el Padre Julio nos cuenta que el maestro de escuela le enseño entre otras cosas la devoción del Santo Rosario, su infancia transcurrió al amparo de nuestra Señora del Rosario y al calor de esta preciosa devoción.

La primera comunión la hace a la edad de 9 años en el templo de Santo Domingo de la ciudad de Cuenca, ante un altar lateral donde era singularmente venerada Nuestra Señora del Rosario, fue para él una gracia especial hacer su primera comunión en una fiesta del Rosario y ante el altar de esa virgen Soberana.

El Sacramento de la Confirmación lo recibió en el Templo de San Sebastián, siendo niño de cuatro años, lo administró el Gobernador Eclesiástico de la Diócesis, el Canónigo Dr. Dn. Mariano Vintimilla; fue padrino el mismo cura de San Sebastián Dr. Vivar. recibió este sacramento ante el altar e imagen de Nuestra Señora de las Nieves. En la confirmación se le pone el nombre de María, agregandole a los de José Julio dados en el bautismo. Este nombre de María para Julio es el más propio por haber nacido el ocho de septiembre, fiesta de la natividad de la Santísima Virgen y es el nombre que aprecia más y hace de el su Gloria.

Julio María quiere ser todo del Señor y de su Madre del cielo por eso en una tarde hallandose, en el templo del Corazón de Jesús, donde siempre frecuentaba; orando ante la imagen de Nuestra Señora de la Luz, se sintió irresistiblemente movido a consagrarse a la Santísima Virgen. En un arranque de fervor hice a mi dulcicima madre el voto de guardar perpetua virginidad, hasta la muerte. Por el momento no conocía el alcance de este voto, después con más conocimiento sobre el efecto y reflexión transforma este compromiso en voto de perfecta y perpetua castidad.

Por mas inclinado que lo veamos hacia el mundo interior, no lo imaginemos melancólico, sería desmejorar la figura de un santo que por esencia nunca es triste. sin duda que su alegría no era bullanguera o vertida al exterior. Su alegría brotaba del corazón.

En la escuela Matovelle fue modelo de piedad, moral y aplicación. Con imaginación viva memoria fácil, claro talento y mucha aplicación, pronto aprendió a leer y con las crónicas de San francisco y Cornejo, la vida de los Mártires Franciscanos de Marruecos, el niño se inflamó en el deseo del martirio, que a falta de verdugo le llevo a hacer de su vida perpetuo Holocausto.

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